De Ciudad Azteca al Zócalo

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Terminal Ciudad Azteca

Son las 10 de la mañana de un día cualquiera. Después de tomar un camión que se dirija a una de las terminales de la línea B del metro de la Ciudad de México, se consigue un boleto, uno pasa a través de los torniquetes y espera la llegada del transporte que dicen es el más “rápido y eficaz”. Dan las 10:15 y se ve un vagón de color naranja, similar a un gusano, que se aproxima a la estación. Abre sus puertas y emite un sonido que anuncia el inicio de un viaje; sin embargo, lleva ya casi 10 minutos y no para de sonar… de nuevo se ha quedado “parado”.

Dentro del metro ya no cabe un alma más, todas las personas están una sobre otra; incluso las personas mayores y los niños tienen dificultades al respirar. Los ahí presentes comienzan a desprender cierto líquido de sus cuerpos. Pequeñas gotas caen de su cabellera, baja por sus pómulos, atraviesa su cuello y desaparece en el interior de la ropa que se lleva puesta. Comienza a avanzar hacia la siguiente estación. Por la única ventana que está abierta en el vagón entra un poco de aire que resulta satisfactorio para los usuarios, pues la ventilación de nuevo permanece apagada cuando más se le necesita. Pareciera, después de cierto tiempo, un poco soportable, pero lo peor está por venir o por entrar, pues un grupo entre cinco y diez personas quieren ingresar por la fuerza al pequeño vagón. Se colocan de espalda, se sujetan de la parte superior de la entrada y comienzan a empujar con todas sus fuerzas. Un niño entre dos y cuatro años comienza a llorar desesperadamente porque lo están aplastando, se corta su respiración por momentos, mientras un señor está orgulloso de sí mismo porque no se quedó esperando en el andén la llegada de un transporte un poco más vacío.

Llega el momento en el que uno tiene que descender en la estación San Lázaro para dirigirse a Pino Suárez. Espontáneamente, el vehículo frena bruscamente y las personas chocan entre sí. Hay quienes se enojan y gritan en busca de problemas, pero otras personas sólo dicen “no se preocupe, si no nos aguantáramos nos deberíamos ir en taxi”. Llega el pitido de salida del vagón, pero uno no baja, sino “lo bajan”. Todos los que van a cambiarse de línea se empujan entre sí. No dan otra opción al que se quedó a un costado de la puerta: “¿te bajas o te bajamos?”.

 

 

Se camina a través de los pasillos, subes escaleras, bajas otras, vuelves a caminar más rápido y vuelves a esperar de pie

pipila

sobre la estación. Te cansas, te recargas en un muro, te sientas en el suelo. Dan las 11 de la mañana y sigues sin llegar a tu destino. Al llegar el metro, uno tiene que ocupar ahora el papel de ser quien empuja, pues la señora que vende los éxitos del momento y tiene una bocina en su espalda ocupa una parte considerable del vagón. La cabeza de uno está más que adolorida y la canción del “Gangnam Style” es lo único en lo que puede pensar porque es lo que suena en su oído izquierdo debido a que quedó a un costado de la vendedora que pareciera cumple la misión de “El Pipila”.

 

Llegas a la estación Pino Suárez y debes volver a bajarte al andén. Ahora hay dos opciones: tomar el metro de nuevo o caminar sobre el pasaje que pareciera el laberinto de Minos con tantos libros encontrados allí. Como se está agotado se decide uno por la primera idea, ya no podría pasar nada que altere a uno. Se sube uno al metro y permanece cerca de la puerta para poder bajar sin ningún problema. En la parte superior de la pared se puede ver la imagen de un águila con una serpiente en la boca y a un costado de ella la palabra “Zócalo”. La gente baja pues es la estación en la cual baja la mayoría; sin embargo, te metes la mano en el bolsillo trasero de tus pantalones vaqueros y te das cuenta que tu cartera ha sido sacada de su lugar por alguna persona de las que descendió contigo… o probablemente por una que va en el vagón.

Resignado por la pérdida de tus tarjetas de crédito, la credencial de elector y 200 pesos que llevabas guardados dentro de la cartera, te aproximas a la salida, pero antes debes bajar unas escaleras para pasar al otro lado. Ahí, encuentras a un niño de nueve años aproximadamente con una caja amarilla. Él vende mazapanes en aquél lugar con un olor a orina, mientras que sus padres no se ven por ninguna parte. Su cara está llena de tierra, grasa y sudor. La ropa que lleva puesta está rota, percudida y le queda zancona. Su inocencia fue robada por la obligación de tener que ganar dinero para aquellas personas que ni si quiera procuran comprarle una botella de agua para soportar ese calor que se siente en lo profundo del sistema de transporte colectivo metro.

El reloj marca las 11:45 am. Ya casi llega el mediodía, tiempo en el cual el sol se coloca en el punto máximo de la esfera celeste; aunque el calor ya predomina en toda la plancha del Zócalo. Has llegado con 10, 20 o 30 minutos de retraso a tu cita por el tiempo que se permaneció parado el metro. Además, enfureces por toda la gente que te apretó, empujó, sudó, etcétera, pero lo que uno no piensa es que tiene que dar servicio a millones de personas tanto del Distrito Federal como del Estado de México. Pudiese sonar trágico o cómico, pero la pobreza, explotación infantil, delincuencia y problemas de salubridad son ejemplos de lo que se ve y vive diariamente en el metro de la Ciudad de México.

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Vías del metro. Rápido y eficaz.

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About Néstor Ramírez

Egresado de la Licenciatura en Comunicación y Periodismo en la UNAM. Apasionado del periodismo, amante de la literatura, amigo de la naturaleza, estudioso del día a día de la vida en México.

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  1. Metro matutino | Historias de la realidad - May 19, 2013

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